Si algo me llama la atención en la revolución francesa es la gran cantidad de mujeres que me he encontrado fuertes, llenas de coraje y con ganas de luchar por su dignidad. Aquí está la declaración de derechos de la mujer y la ciudadana que Olympe de Gougues presentó ante la Asamblea en 1791.
PREÁMBULO
Las madres, hijas, hermanas, representantes de la nación, piden que se las constituya en asamblea nacional. Por considerar que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos de la mujer son las únicas causas de los males públicos (…) han resuelto exponer en una declaración solemne, los derechos naturales, inalienables y sagrados de la mujer a fin de que esta declaración, (…) les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes, (…) a fin de que las reclamaciones de las ciudadanas,(…) se dirijan siempre al mantenimiento de la constitución, de las buenas costumbres y de la felicidad de todos.
En consecuencia, el sexo superior tanto en belleza como en coraje, en los sufrimientos maternos, reconoce y declara, en presencia y bajo 105 auspicios del Ser supremo, los Derechos siguientes de la Mujer y de la Ciudadana.
ARTÍCULOS
I
La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos. (…)
II
El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre, estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.
III
El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre, (…)
IV
La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer sólo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone, estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.
V
Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad (…)
VI
La ley debe ser la expresión de la voluntad general (…) Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente adminisbles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos (…)
VII
Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. (…)
VIII
La Ley sólo debe establecer penas estricta y evidentemente necesarias (…)
IX
Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.
X
Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna (…)
XI
La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. (…)
XII
La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana (…) debe ser instituida para ventaja de todos (…)
XIII
Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, (…) ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.
XIV
Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar (…) la necesidad de la contribución pública. (…)
XV
La masa de las mujeres (…) tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.
XVI
Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.
XVII
Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado (…)
EPÍLOGO
Mujer, despiértate (…) reconoce tus derechos. (…) El hombre esclavo ha multiplicado sus fuerzas, ha necesitado recurrir a las tuyas para romper sus cadenas. Una vez libre, se ha vuelto injusto con su compañera (…) En los siglos de corrupción sólo habéis reinado sobre la debilidad de los hombres. Vuestro imperio se ha destruido, ¿qué os queda? La convicción de las injusticias del hombre. (…) Si se obstinaran en su debilidad (…) oponed valerosamente la fuerza de la razón a las vanas pretensiones de superioridad (…) y pronto veréis estos orgullosos (…) de compartir con vosotras los tesoros del Ser Supremo.
(…) Bajo el antiguo régimen, toda era vicioso, todo era culpable (…)
El matrimonio es la tumba de la confianza y del amor. (…) las leyes antiguas e inhumanas le impedían el derecho al nombre y los bienes de su padre para sus hijos, y no sean hecho nuevas leyes sobre esta materia. Si intentar dar a mi sexo una consistencia honorable y justa, es considerado en este momento una paradoja por mi parte, y como intentar lo imposible, dejo a los hombres que vendrán la gloria de tratar esta materia, pero en la espera podemos prepararla por medio de la educación nacional, la restauración de las costumbres y las convenciones conyugales».
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sábado, 11 de mayo de 2013
Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana
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sábado, 4 de mayo de 2013
Aquí está el primer capítulo de ni la belleza salvará al mundo. Podéis leer algunos más gratis en http://www.casadellibro.com/leer?li=1&isbn=9788415623243 y comprarlo en http://www.casadellibro.com/ebook-ni-la-belleza-salvara-al-mundo-ebook/9788415623243/2103700?utm_source=Escaparate&utm_medium=Escaparate%2Bprincipalregalodereyes&utm_campaign=regalodereyes
I. Danchart y Rasjwonski
El
vizconde de Clermont, Albert de Danchart, era un joven ocioso, como todos los
jóvenes nobles que vivían en la Francia de finales del siglo xviii. Danchart, pues así le gustaba que
le llamasen, lejos de formulismos nobiliarios y tratos altisonantes y distinguidos,
era muy querido por los cientos de siervos que ocupaban las tierras de su
padre, el conde de Clermont. A ello ayudaba su educación campechana, lejos de
la corte y bastante abandonada por parte de su progenitor. Su primera escuela
había estado, de hecho, en los brazos de los capataces de las caballerizas y en
las hoces de las labriegas a las que desde pequeño acompañaba en las labores
del campo cada primavera. Con los años, su educación se había esmerado
levemente, sobre todo a raíz de las presiones del padre Rubán, abad del
monasterio principal de las posesiones de Clermont, que le enseñó a juntar las
letras en griego y en latín. Al final,
Danchart acabó por asumir los deberes propios de su título, y en los
últimos tiempos se cuidaba de no tratar tan a menudo con los siervos y,
especialmente, de no hacerlo a ojos de cualquiera que pudiese contárselo a su
padre.
Danchart
era el único hijo del conde de Clermont y de la marquesa de Ferrand, de la que
había heredado más posesiones que las que su padre podía reunir. El conde era
una leyenda viva en los sectores más tradicionales del reino. Los rumores
decían que él mismo fue el culpable de la caída en desgracia de Necker cuando
este trató de hacer ver al rey que los gastos de palacio eran desmedidos. Sin
embargo, pocos daban crédito a tales habladurías, pues resultaba extraño que un
hombre tan austero saliera en defensa de la fastuosa vida palaciega que, por
otra parte, él rara vez frecuentaba.
Aquella
mañana, Danchart paseaba a lomos de uno de sus caballos favoritos. Lo hacía por
los verdes prados en los que tantas veces había correteado de pequeño e iba sin
rumbo ni dirección, aunque, eso sí, escopeta al hombro, por si alguna perdiz se
cruzaba en su camino.
***
En ese
mismo momento, un muchacho poco mayor que Danchart entraba sigilosamente en la
capilla del palacio de Clermont. Se había envuelto en un largo hábito de
fraile, aunque sus intenciones no fueran precisamente devotas, pues sus manos,
cruzadas y ocultas entre las mangas, escondían un viejo puñal, y sus ojos no
levantaban la mirada de sus pies, que con paso firme se dirigían a la
sacristía. Aquel joven se llamaba Robert Rasjwonski, huérfano de una de las
tantas molineras que había en los regatos que morían en el río Allier, por
tanto, siervo igual que lo había sido su madre del condado de Clermont y bajo
la mano directa del conde. Las malas cosechas de los últimos años habían
provocado que una gran parte de los jóvenes campesinos huyeran a las grandes
ciudades en busca de un mejor porvenir. Rasjwonski también tenía esas
intenciones: las de escapar de los aperos de labranza; pero enterado de las
penurias y calamidades de los pobres infelices que una vez en París, Lyon o
Marseille no habían encontrado más que desesperación y hambre, y quizá por ser
hijo de molinera, pretendía hacerlo con un pan debajo del brazo. Y ese pan no
era otro que el cáliz en el que cada día el padre Rubán consagraba la sangre de
Cristo durante la eucaristía: una pieza romana de plata cuya base tenía
engarzadas cuatro brillantes piedras de oro, algo que a buen seguro le
convertiría en un hombre rico cuando llegase a la capital.
Con esa
idea en la cabeza y con aquel puñal escondido como salvaguarda entre sus manos,
llegó hasta la sacristía, y no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando a simple
vista encontró su objeto de deseo. Expuesto sobre una cómoda, abandonado de la
custodia de sus dueños y reluciendo su base. A fe que aquella dejadez en la
vigilancia de una pieza tan valiosa estaba justificada, pues de todos era
conocida la severidad con la que se impartía justicia en el condado de
Clermont, donde cualquier delito de robo era penado con la muerte. Pero
Rasjwonski ya no le tenía miedo al miedo, y puestos a morir, prefería la horca
a la hambruna. Además, ya había decidido que quienquiera que pretendiese darle
a él ese destino tendría que luchar primero por salvar su propia vida. Así
pues, Rasjwonski cogió el cáliz, salió de la sacristía y, a su pesar, no tardó
en verse en la disyuntiva planteada, ya que un joven fraile entró en la capilla
en aquel preciso momento.
—Buenos
días, padre —saludó el joven y muy pronto muerto fraile.
Quizá
Rasjwonski podía haber salido de la situación con un simple «buenos días» y una
huida tranquila por el centro de la capilla tras una genuflexión ante el
Santísimo. El novicio a buen seguro que no habría echado en falta el cáliz, y
de hacerlo, pensaría que alguno de sus superiores lo había guardado o dejado en
otro lugar.
Pero
aquella era la primera incursión fuera de la ley de Rasjwonski. Su corazón
latía acelerado y el sudor empapaba su cuerpo; por eso el saludo que recibió el
buen fraile en respuesta fue un rápido movimiento que terminó asestando una
letal puñalada en su corazón.
Rasjwonski,
sin un criterio claro, se deshizo del hábito usurpado y echó a correr con la
intención de alcanzar el bosque. Aunque la capilla se hallaba en la zona alta
de los jardines del palacio, donde ya se confundían los frutales con los
agrestes pinos que precedían a una maleza en la que pasar desapercibido, había
suficiente espacio despejado para que un chico a la carrera, con aquel
reluciente cáliz en una mano y un puñal ensangrentado en la otra, fuese lo
menos parecido a una huida discreta. Una vieja monja se encaminó extrañada
hacia la capilla al ver la escena a lo lejos, y veinte minutos después el conde
en persona organizaba una cuadrilla de diez hombres armados y a caballo que
salían a la caza del ladrón y asesino.
***
Danchart paseaba sin un rumbo claro y disfrutando de
los rayos de sol sobre la cara cuando se encontró con uno de los capataces de
su padre. Este le puso al corriente de los sucesos en la capilla familiar y a
él se unió en la búsqueda del impío. No había pasado ni media hora cuando ambos
vieron a un hombre saltando entre las rocas de una agreste colina. Decidieron
entonces separarse: Danchart acometió la subida al pico para cubrir una posible
huida entre los cerros, mientras que el capataz la bordeaba, por si el asesino
descendía en dirección al río. Danchart tardó en llegar a la cumbre, pues su caballo,
si bien era de los más veloces de Francia en el llano, llevaba bastante mal lo
de las pendientes y el terreno accidentado. Desde la cima divisó al fugitivo corriendo como un
gamo hacia un nuevo peñasco, y Danchart no dudó de que a aquel delincuente no
tardarían en juzgarlo, primero los hombres y luego la misericordia divina; y
pensó también que tenía muy pocas posibilidades de salir victorioso tanto a los
ojos de unos como de la otra.
Danchart descolgó su escopeta del hombro, apuntó sin
mucho cuidado y disparó. La distancia era demasiado grande como para acertarle,
pero sabía que el sonido de la pólvora pondría si cabe más nervioso al
fugitivo, y que el saberse perseguido posiblemente le haría desfallecer antes. Picó espuelas a su caballo y salió
en su dirección. Nunca imaginó
que aquella mañana fuese a ser tan entretenida.
***
Cuando
Rasjwonski oyó aquel disparo se supo perdido. Por un momento dudó. Si seguía
huyendo, lo más probable es que algún perdigón le diese de lleno y lo matase.
Quizá era mejor entregarse, aunque eso solo aceleraría su más que segura
sentencia de muerte. Un nuevo disparo, y otro, y otro hicieron que su corazón
se acelerase aún más de lo que lo había estado cuando sus dedos clavaron aquel
puñal, que cada vez ardía con más fuerza entre sus manos, en el pecho de aquel
desdichado fraile.
Saltando
desde una de las innumerables rocas que bordeaban aquel alto, Rasjwonski
escuchó el sonido de un nuevo disparo. Pero esta vez, tras el seco estampido
que hacía salir a los estorninos de sus escondites, notó el impacto de una bala
en su hombro. Cayó sobre una piedra, y entonces oyó el chasquido de su pierna
al que siguió un intenso dolor, tanto en la rodilla como en el brazo. Se llevó
la mano al hombro y la descubrió empapada en sangre; después a su rodilla,
donde halló el mismo resultado. Intentó levantarse, pero un latigazo de dolor
en la pierna le hizo irse de bruces al suelo. Con la cara en la tierra, se
aferró a su puñal y se preparó para enfrentarse a la muerte. Si el que le
perseguía era un desalmado —y no había razón para que no lo fuera—, allí mismo
le remataría con un último disparo a bocajarro.
Danchart
intuyó que había dado en el blanco cuando vio la forma de caer del individuo.
Cogió el camino que bordeaba, en vez de subir, el monte con el convencimiento
de que allí estaría el cuerpo del asesino, quién sabe si ya muerto. Y no se
equivocó. Al doblar el recodo formado por una gran roca encontró un cuerpo boca
abajo con abundante sangre en un hombro.
—Pensabas
escapar a la justicia de los hombres, bribón, pero no eras consciente de que
aunque hubieses escapado a esta, no podrías escapar a la de Dios. Sobre todo si
has matado a uno de sus siervos.
Rasjwonski
se giró. Su largo cabello rubio oscuro tapaba una cara en la que a pesar del
intenso dolor se dibujó una sonrisa.
—No
entiendo lo que dices… No sé si te refieres a que he matado a un siervo de Dios
o a un siervo del conde de Clermont; o si acaso por casualidad, Dios y el conde
de Clermont son para ti lo mismo, porque entonces debería llamarte Jesús de
Nazaret.
Danchart
le apuntaba con su mosquete e iba a disparar nuevamente sobre el cuerpo de
aquel hombre que en una situación desesperada se permitía el lujo de bromear
sobre el Altísimo en vez de pedir clemencia cuando reconoció en el infiel a su
querido Rasjwonski. Desde pequeños, aquel hijo de una de las molineras había
sido su más fiel amigo, por encima de servidumbres y relaciones entre nobles y
vasallos. Junto a él había cabalgado durante días a los nueve años en dirección
a Marseille, donde ambos habían soñado con embarcarse y recorrer Asia y América
en busca de fortuna. Los cogieron a dos días de viaje del puerto mediterráneo,
y solo tras la delación de Marie, una niña que solía jugar con ellos a la que
no habían dejado que los acompañase por ser mujer. Danchart recibió como
castigo por aquella travesura la reprimenda siempre cariñosa del padre Rubán,
mientras que Rasjwonski recibió veinte azotes, que le dejaron postrado dos
meses en la cama. Cuando Rasjwonski pudo volver a levantarse, aún con las
marcas en la espalda, le esperaba ya su fiel amigo Danchart y no dejaron de
correr aventuras, eso sí, ya siempre en los límites del condado de Clermont,
hasta el mismo día de hoy cuando, sin haberse levantado pensando el uno en el
otro, llegaban al mediodía metidos en un nuevo atolladero.
Danchart
guardó su escopeta, desmontó y se echó las manos a la cabeza.
—¡Rasjwonski!
¡Dios mío! ¿Qué has hecho? Has matado a un fraile, robado el cáliz… ¿Es que te
has vuelto loco?
—Anda,
ayúdame. Vas a tener que prestarme tu caballo… Sin él no podré huir de
Clermont… ¿Cuántos hombres me siguen?
—No lo sé.
Diez o doce… Pero ¿por qué has hecho esto?
—Pues ya
ves. Los que no somos hijos de condes ni poseemos ricas rentas maternas tenemos
problemas para comer todos los días.
Danchart
cogió a Rasjwonski para que pudiera incorporarse.
—Ah…
—exclamó Rasjwonski al ponerse en pie—. Maldita sea, menuda puntería tienes. Me
has dado en el hombro y me he torcido el tobillo, la rodilla y a saber qué más…
Danchart
se quitó su chaqueta y la puso sobre los hombros de Rasjwonski mientras lo
ayudaba a montar.
—¿Adónde
vas a ir?
—A París.
Si no te importa, me quedo con el cáliz. Con lo que me den allí por él podré
llevar una vida tranquila.
—No lo
hagas en París. Será fácil descubrirte. Avisarán a todos los anticuarios de
Francia y te echarán el guante en cuanto preguntes su precio. Ve a Marseille.
Busca algún comerciante genovés o veneciano… que sea extranjero. Malvéndelo.
Mejor aún, busca a alguien que lo haga por ti. Yo qué sé, secuestra a un niño y
obliga a hacerlo a su padre. ¡Dios mío!, Rasjwonski, te has vuelto loco y me
estás haciendo decir locuras a mí también.
—No
temas, amigo. No había pensado hacer de la sangre y el dolor ajeno mi forma de
vida. Te prometo que en cuanto pueda me convertiré en una persona de bien, al
menos a los ojos de los hombres. Gracias, mi buen Danchart.
—¡Espera!
Toma. Este es el anillo de la casa de mi madre. Su familia tiene el privilegio
real de ser recibida y alimentada en todas las postas de Francia… Y si no,
siempre podrás sacar algún dinero por él… Recuerda, no pares hasta llegar a
Marseille; diré que has huido hacia los Países Bajos. Dios mío, ¡y haz que
alguien te vea esa herida…!
No había
terminado Danchart su frase cuando Rasjwonski picó el caballo y, como pudo,
puso rumbo a Marseille, a París…, a la libertad. Danchart se vio entonces solo
en la cumbre de una de las pequeñas montañas del condado de Clermont, a leguas
del palacio familiar, notando un poco más el frío de la mañana y, sobre todo,
inquieto por el futuro de su amigo. Era realmente terrible. ¿Qué había llevado
a Rasjwonski a matar a un hombre? ¿De dónde había sacado la sangre fría
necesaria para hacerlo? Conocía bien a su amigo, o hasta aquel momento eso
creía. Sinceramente, lo tenía por una persona noble y de buen corazón. Pero
aquello no encajaba para nada. ¿Hambre? Sí, puede pasarse hambre, pero nunca la
suficiente como para matar, y además a un pobre novicio, que no podía ser más
que inocente…, aunque fuese culpable. Por un momento a Danchart se le pasó por
la cabeza que no había obrado bien al dejar marchar a Rasjwonski. Al fin y al
cabo, había robado en una iglesia y había cometido un asesinato…
Danchart
tomó el camino del pueblo con estos pensamientos en su cabeza. Allí conseguiría
un caballo, y una vez en el palacio, alguien le explicaría qué había sucedido
realmente. Quizá el capataz había exagerado y el fraile no había muerto. Eso le
liberaría de cierto pesar, pues su conciencia había comenzado a sentirse
culpable por haber dejado escapar a un asesino…, si bien la acallaba con una
frase que repetía en su mente sin cesar, quizá para acabar creyéndosela:
«Rasjwonski es mi amigo y si ha matado a un fraile… algo habrá hecho el
fraile». Danchart comenzó entonces a pensar qué contaría una vez que llegase a
casa, pues difícil sería explicar que un asesino le había desarmado, robado el
caballo, la chaqueta… y, sobre todo, que le había perdonado la vida. Eso si no
se sabía ya que había sido Robert Rasjwonski el culpable, en cuyo caso él mismo
quedaba entre la espada y la pared. Todos los siervos del condado sabían que
era su amigo.
En estos
pensamientos estaba cuando llegó a las afueras de la villa de Clermont. Se
detuvo antes de llegar a una gran casa donde se encontraba la sede de la banca
Rocheteau en la provincia. Allí vivía Laurent Munot, delegado de la citada
banca en aquella zona de Francia, pero para Danchart, simplemente el padre de
Marie Munot, aquella niña que doce años atrás confesó entre lágrimas que
Danchart y Rasjwonski habían marchado a Marseille para embarcarse a las Indias
Orientales, y que nueve años después, también entre lágrimas, juró su amor al
vizconde de Clermont, Albert de Danchart.
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viernes, 3 de mayo de 2013
¿Quevedo en Vigo?
¿Quevedo en Vigo?
Hace algunos siglos, un marinero se sentó en la taberna del
puerto de Vigo, pidió unos huevos fritos con patatas y comió con ansia. Al
terminar se dirigió lacónicamente al mesonero y le espetó: " No tengo
plata, te pagaré cuando vuelva de mi embarque". El tabernero asintió y
apuntó su nombre...
Meses después aquel marinero volvió y pidió la factura. Ante
el cayó un largo papel, en el que se leía: Dos huevos fritos, que si me
hubieses dicho que no me ibas a pagar,
no te hubiese servido; y que hubiesen dado dos hermosos pollos, que a la vez
hubiesen dado otros más hermosos, con los que yo hubiese ampliado mi corral...
Hubiese comprado una vaca, un carnero, ampliado mi hacienda, hecho quesos... En
fin, que ni con diez años de trabajo el marinero podría pagar la cuenta
que delante se le mostraba, asi que salió por la puerta y se marchó...
El mesonero no dejó ahí la cosa y puso querella ante los
tribunales; y el buen marinero, o no... contó su caso a un joven castellano de
curiosas lupas que por la ciudad andaba y que prometió defenderlo...
El día del juicio, la sala estaba repleta, el tabernero
sonreía confiado, y el deudor nervioso en su estrado maldecía porque su abogado
no llegaba... El juez, con ansia por marcharse de puente, advirtió de que si no
había defensa, daría el caso por ganado a la acusación...
Ya iba a levantarse el mazo cuando por la puerta entró un
tal ... y de Villegas.
El juez lo hostigó por su tardanza y el de los lentes circulares se defendió diciendo que venía de plantar habas cocidas. "¿Habas cocidas dan fruto?", preguntó el juez. "El mismo que los huevos fritos".
El juez lo hostigó por su tardanza y el de los lentes circulares se defendió diciendo que venía de plantar habas cocidas. "¿Habas cocidas dan fruto?", preguntó el juez. "El mismo que los huevos fritos".
Supongo que es un cuento popular, o incluso algún pasaje del
propio Quevedo... A mi me lo contaron en una taberna del puerto de Vigo, y como
me lo contaron lo cuento...
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miércoles, 1 de mayo de 2013
Aterrizaje.
Recién caido en el mundo de los blogs... La culpa es de Ni la belleza salvará al mundo... una novela que he escrito contra ella misma... y que espero que os guste.
http://www.planetadelibros.com/ni-la-belleza-salvara-al-mundo-libro-91807.html
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